La muerte de un Samurai Superar el miedo era la base de su código.

La muerte de un Samurai

Superar el miedo era la base de su código.

Para el guerrero samurai, una de las cosas más importantes era su honor. Era tan extremadamente importante y estaba tan arraigado en su forma de entender la vida que estaban dispuestos a morir con el fin de mantenerlo intacto.

La muerte ideal para un Samurai sería en el campo de batalla, contra un guerrero famoso. De esta forma se aseguraban que las generaciones venideras siguieran contando historias sobre ellos. Si no era el caso, es decir, no le daba muerte un guerrero conocido, de igual forma su honor quedaría intacto ya que habría muerto en o al servicio de su señor.

El miedo a la muerte, como trabajo profundo del ser, era uno de los pilares fundamentales en el adiestramiento del Samurai. Ese miedo debería ser dominado de inmediato, porque de lo contrario, éste podría repercutir negativamente en la capacidad para servir al Señor Feudal (su amo). El miedo en sí era una capacidad estéril en la vida del Samurai. El Budismo Zen, que llegó desde china en el siglo XII, sin ningún tipo de dudas influyó en este concepto, aportando bases espirituales e ideas fundamentales que lo relacionan íntimamente con el Bushido y el código Samurai.

Cuando en el antiguo Japón los periodos de guerra finalizaban, la necesidad de luchar y darse a conocer como grandes guerreros de los Samurai hacía que partieran en Musha Shugyo, una forma de peregrinación en la que desafiarían en duelo a los mejores luchadores de la zona. Este tipo de enfrentamientos generalmente no eran oficialmente a muerte, aunque evidentemente ésta estaba presente. Lo más importante y lo que se esperaba por parte de ambos Samurai era que actuaran con honor y obedeciendo el código Bushido (aunque no siempre se daba el caso).

En muchas ocasiones si el guerrero era derrotado y sobrevivía, tenía dos opciones. La primera era convivir con su deshonor, lo cual era casi impensable, la segunda era que se convirtiera en estudiante fiel del que lo había derrotado. Esto suponía muchas veces la ruina porque si regentaban alguna escuela propia de artes marciales, evidentemente perdían a todos sus alumnos y toda la reputación forjada durante años.

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Si se dudaba del honor o la lealtad de un Samurai, esto supondría su muerte y la de su heredero, a veces todo un clan podía perder absolutamente todas sus propiedades o la propia vida. La forma más común de perder el honor era haber sufrido una aplastante derrota en el campo de batalla. Muchos de los guerreros, al sentir el pesar de esta situación, antes de volver a casa, se suicidarían con el ritual Seppuku.

Este “suicidio ritual”, también conocido como harakiri, se llega a considerar la única manera en la que un guerrero podía morir salvando su honor y reputación. También solían quitarse la vida ante la inminente captura en el campo de batalla.  Es en el siglo XIII cuando la tradición de Seppuku se establece y se introduce como una forma de salvar y recuperar el honor, con un nivel de dolor alto (el ritual incluía el apuñalamiento por debajo del vientre y varias trayectorias de corte), que demostrara la voluntad de hacer frente a la muerte con la cabeza bien alta a través de las armas. Con el tiempo a esta práctica también se le uniría la opción de ser decapitados por un compañero de batalla, acto conocido como Kaishaku.

La acción del Harakiri, como vemos, está íntimamente ligada a la forma de entender el código Bushido. Uno de los hechos históricos marcados por esta acción es la leyenda de los “47 Ronin“, suceso que se ha versionado y contado en varias películas (una de ellas protagonizada por Keanu Reeves, si no la habéis visto, os la recomiendo), y que nosotros contaremos con todo detalle en una próxima entrada.

En el Hagakuge podemos encontrar una explicación a este respecto:

“Si preparando correctamente el corazón cada mañana y cada noche, uno es capaz de vivir como si su cuerpo ya estuviera muerto, gana libertad en el Camino. Su vida entera estará sin culpa y tendrá éxito su llamado”.

Comparto ahora con vosotros un vídeo magistral con la voz en off de uno de mis filósofos de cabecera, Alan Watts, conocedor del budismo Zen más puro, hablando sobre la aceptación de la muerte… ahí es nada. Disfruten ustedes Fightlosophers.

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