Gichin Funakoshi: “Karate-Do. Mi camino” Un libro indispensable

Gichin Funakoshi: “Karate-Do. Mi camino”

Un libro indispensable

El Karate, por vivir donde vivimos, ha sido para mucho de nosotros el arte que nos abrió las puertas al mundo de las artes marciales. Se expandió con fuerza a lo largo y ancho del planeta cuando terminó la segunda guerra mundial (en 1953 las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos le solicitan al Maestro protagonista de nuestra entrada que construya un sistema de instrucción de este arte a las fuerzas militares norteamericanas) y no ha dejado de crecer hasta el punto de próximamente ser incluido en los Juegos Olímpicos.

Hay Grandes Maestros de Karate, pero si alguno ha trascendido lo púramente técnico, y ha hecho por la difusión del arte… éste ha sido el Gran Maestro Gichin Funakoshi, fundador del estilo Shotokan.

Para mi, Karate supuso un importante punto de salida. Desde que tengo cuatro años y medio, me ha ido acompañando de diversas maneras a lo largo de mi aventura marcial y aunque no lo practico técnicamente, lo respeto desde la intimidad de la evolución necesaria que me condujo a otras artes marciales más funcionales en su esencia. Karate ha influido positivamente en diversos y profundos aspectos tácticos en la concepción de lo que supone el proyecto Fightlosophy.

Hace años llegó a mis manos un libro que me sorprendió como pocos otros lo han hecho. Tirado en una manta descolorida, entre otros “objetos sin valor”, en un rastrillo típico de segunda mano, pude ver la portada amarilla de un libro que en principio no me llamó mucho la atención. Escarbando de entre el resto de cosas que allí había, cogí lo que supondría uno de los libros que más me ha impresionado con respecto a la pureza de las enseñanza de las artes marciales. No me cabe duda, nunca he pagado tan poco por algo que “no tiene valor posible”. Desde entonces se lo recomiendo a todo el mundo con el que hablo de Artes Marciales y ahora en Fightlosophy no va a ser menos.

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Un libro que lleva ya unos cuantos años en un lugar importante de mi “librería marcial”.

El libro “Karate Do. Mi camino“, en clave de autobiografía, considero que es de un valor incalculable. Apartándonos de lo que ya sabemos, traducciones mejores y peores, es un libro en esencia escrito por el propio Funakoshi cuando contaba ya sus 90 años. Es un documento de estos que deben ser transmitidos a las generaciones presentes y futuras. Leerlo con una mente actual es un gran error, leerlo trascendiendo estilos es un gran acierto.

Hay gran número de anécdotas acerca de este hombre extraordinario. Algunas cruzan la línea de la leyenda, otras muchas indicen muy directamente en la forma de entender la vida de este antiguo Maestro, una vida impregnada por el carácter Samurai. Se presenta como un hombre obstinado, fue simplemente un seguidor del código ético y moral de sus ancestros, un código que existe mucho antes de que se escribiese algo de la historia de Okinawa, de donde realmente viene el origen del Karate Do.

Todo el libro es una joya en sí mismo. Si tuviese que destacar algo concretamente, me quedo con la anécdota que ahora comparto y que pertenece a la parte final del libro. Considero que este “simple relato”, esta simple anécdota real como la vida misma, puede resumir a grandes rasgos un camino de vida involucrado a niveles profundos de conciencia y supervivencia con el Arte:


Violando una regla.

fightlosophy-funakoshiDebo confesar que he cometido el desliz de la estricta observancia de las reglas. Este particular incidente ocurrió unos pocos años después de terminar la Guerra del Pacífico.

Teniendo solo alrededor de ocho años menos, era bastante más activo de lo que soy ahora, y así un día fui a una reunión de lecturas de poesías en Tamagawa. Como había abundante bebida (para celebrar un aniversario) la reunión terminó bastante tarde y llegué justo a tomar el último tren de regreso a Tokio.

Japón aún estaba en estado de caos de postguerra y la gente sabía que era peligroso caminar solo de noche. Pero pensé que ninguno molestaría a un anciano como yo, así que después de bajarme del tren en la Estación Otsuka me dirigí a mi casa. Esta parte de Tokio estaba en ruinas y desierta y la casa donde vivía, que afortunadamente se había salvado de los bombardeos, estaba algo distante.

Había comenzado a llover, así que levanté el cuello de mi saco, abrí mi paraguas y comencé a caminar. El incidente que quiero relatar ocurrió entre Osuka y Hikawashita; comenzó cuando una figura de negro saltó repentinamente desde cerca de un poste de teléfono. “¡Hey, abuelo!” gritó, haciendo una estocada por mi paraguas.

Pensando que podía ser un amigo o un conocido me dí vuelta cortésmente y levanté mi sombrero como haciéndole una reverencia.

Esto pareció sorprenderlo. Luego, después de un momento de silencio, dijo con una voz algo incierta, “¿Tiene un cigarrillo, abuelo?”

En ese momento me dí cuenta que era un ladrón pero también puedo decirles que por el tono de su voz era muy aficionado, un principiante en el negocio, así que hablaba tratando de aparentar que era fuerte.

“Yo no fumo” le contesté.

Debo explicarles que nunca llevo un portafolios. Esa noche, cubierto en mi sencillo “furoshiki” negro, todo lo que tenía era mi caja de comida vacía y algunos libros.

“¿Porqué miente, abuelo?” preguntó el hombre. “Debe tener algunos cigarrillos en su “furoshiki”.

“Ya le dije que no fumo. ¿Ahora puede usted tener a bien dejarme pasar?”

“¡Ni piense en eso!” exclamó el hombre. “¡Desate su “furoshiki” y déjeme ver que hay en él!”

“No hay nada de gran valor” le dije.

“¡Eso es lo que usted dice!”

En ese momento el hombre arrebató el paraguas de mi mano y me miró como si fuese a pegarme con él.

Su posición de ataque estaba llena de fallas. Cuando balanceó el paraguas hacia mí me agaché y con mi mano derecha lo agarré firmemente de los testículos. No tengo dudas que el dolor debía ser insoportable. El paraguas cayó al piso y también el hombre, luego de un violento grito agudo, mirando como si hubiese perdido el conocimiento.

En ese momento afortunadamente apareció en escena una patrulla policial y dejé a mi asaltante con su custodia.

Permanecí en el lugar y averigüé que el que me quiso robar era casi seguramente un veterano que había regresado recientemente de algún frente lejano. Sin trabajo, decidió robarme bajo el impulso del momento y yo, también bajo el impulso del momento, hice lo que constantemente les digo a mis jóvenes practicantes que nunca deben hacer: tomar la ofensiva.

No me sentí muy orgulloso de mí mismo.


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Grandes Maestros de Karate en Tokyo (c. 1930s), de izquierda a derecha: Kanken Toyama, Hironori Otsuka, Takeshi Shimoda, Gichin Funakoshi, Motobu Chōki, Kenwa Mabuni, Genwa Nakasone, y Shinken Taira.

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